11/5/10

La de Dios es Cristo en el Obradoiro

Uno sale de clase tan tranquilo y no espera encontrarse lo que hoy nos topamos en la plaza del Obradoiro. Lo primero que vimos, de lejos, fue una gran cantidad de policías, maderos como para un bautizo. Tenían cercada la plaza. En el centro, un gran número de personas vestidos con su uniforme, gorricas incluidas. Además, una banda militar de música. Un policía se acerca:

- Ahí no podéis estar. Pasad por allí o por allí, pero no os quedéis ahí.
- A sus órdenes agente. ¿Me podría decir quién viene? Si es que no le es mucha molestia a su merced satisfacer mi sana curiosidad, deformación profesional.
- No viene nadie. Es un acto.

Un acto. Vale. Nos apalancamos en la valla de seguridad a ver qué sucedía. La banda empezó a amenizar la velada tocando un temilla. Grandes músicos, los voy a contratar para mi boda. Al finalizar el tema, me pareció de buena educación aplaudir. Así que procedí. Pero fui el único en toda la plaza del Obradorio que tuvo esa idea. El silente público no consideró oportuno vitorear las habilidades musicales de la banda y me quedé solo en la ovación. Parece ser que a un policía no le pareció muy bien mi actitud, ya que, muy recto él, muy representante del orden, se acercó a nosotros y dijo:

-¿Tenéis ganas de fiesta? Porque si tenéis ganas de fiesta yo os doy fiesta.

A mi esto me sonó muy a coacción policial. A os voy a dar porrazos hasta en el carné de identidad. O bien realmente nos quería dar fiesta y nos iba a ofrecer unos flyers de una nueva discoteca en la que él mismo tiene un espectáculo con su uniforme y su porra.

Mientras mi libertad de expresión era reprimida por las fuerzas de opresión fascista, la banda empezó a interpretar otra pieza, al término de la cual, el respetable del Obradoiro se marcó un aplauso colectivo. ¡Ah¡ ¡Ahora sí! Antes estaba feo aplaudir pero ahora está cojonudo. A ver, señor agente, dígales a todos que les va a dar fiesta.

Terminados los minutos musicales, hizo aparición en el recinto cercado el mismísimo Alberto Núñez Feijóo en todo su esplendor. Al mismo tiempo, escuchábamos como un miembro de la muy honorable orden de la Protección Civil, le comentaba a un asistente:

- Estos –refiriéndose a los múltiples policías que allí estaban- estrenan porra cada mes.

Como vimos que el señor cívico protector tenía ganas de hablar, empezamos a realizar nuestra labor periodística, para enterarnos de qué iba el tinglado, que siempre queda bien eso de citar fuentes oficiales. Supimos que había pertenecido al cuerpo de infantería, más tarde al de paracaidismo y que terminó haciendo no sé qué en Cabeza de Jabalí, lo que lo convirtió en una fuente más que fiable cuando dijo:

- Nada, esto es un acto por los veteranos de la guerra.
- Ah muy bien. ¿Qué guerra?
- La civil.
- Ajam. Y los veteranos… ¿De qué bando son?
- Del peor. Bueno, del peor según se mire claro… Todos estos que veis ahí, los que veis con la estrellita, no cobran menos de 3.000 euros.

A continuación empezó el desfile. Unos fulanos perfectamente uniformados y armados hasta los dientes empezaron a caminar muy rectos y levantando muchísimo las piernas y los brazos. Una vez que pasaron y pudimos verlos por detrás, comprobamos que cada uno de los integrantes de la marcha llevaba colgado a la espalda una herramienta: los había con palas, con sierras, martillos, picos… Uno ya no sabía si se trataba de una marcha del Ejército, de la Legión o de los Lemmings.

Pero tiene sentido. Es a base de actos en honor a los veteranos, y a base de pico y pala, como se levanta un país. ¡Arriba España!

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