Viernes noche. Tras una exquisita a la par que extraña cena a base de setas a cargo de Lidi (setas del monte, de comer, no de las de viajar), me dispongo a tomar algo en compañía de A. S. (así es como llamo a Alex Salse para preservar su intimidad). Entramos en un bar. Nos pedimos algo, y un señor en la esquina de la barra, pegado a nosotros, me dice algo que no conseguí descifrar. Me lo repite. Sigo sin descifrarlo, y no porque el volumen de la música sea muy elevado. Finalmente le entendí no se qué de los cuadros esos –haciendo referencia a los cuadros escoceses del forro de mi cazadora-.
¿Sabes por qué es eso? Y yo: “¿Qué?” Los cuadros esos, ¿sabes por qué son? Son por el vikingo ese que conquistó todo esto.
Ah, muy bien, muchas gracias. ¿Quieres un premio? No sé, un limón, un royo de papel Albal… El tío siguió hablando, pero de cada cinco palabras, tres me sonaban a fronstins, la cuarta era un taco y a la quinta no le encontraba mucha relación con la anterior que había entendido. No sin mucho esfuerzo, averigüé que me estaba hablando del motivo por el cual había dejado de llevar pendientes, cosa que, por otro lado, nadie le había preguntado y a mi me tiraba bastante de un huevo: fronstins, joder, fronstins, porque los llevan los bobos como vosotros. Ahí ya noté que los casi dos metros que mide Alex se ponían tensos.
- Yo no llevo pendientes- contesté (Alex, posteriormente, me dijo: “en ese momento deseé llevar pendientes con todas mis fuerzas”).
Bueno, pero tú me entiendes. No, la verdad es que no. El hecho de que a causa de la cocaína te falten tres o cuatro dientes en ese foco de infecciones que tú tienes por boca, hace que sea bastante complicado entender algo de lo que dices, yonqui de mierda.
A continuación, siguiendo su línea de conversación lógica, pasó al siguiente tema a tratar: Porque lleves gafas no eres más intelectual que el resto. Punto uno: aunque me pusieras desnudo, tapado únicamente con un pañal, y me dejases tirado en el suelo babándome en un charco de orina, seguiría teniendo un aspecto más intelectual que tú. Punto dos: tengo más de cinco dioptrías en cada ojo, llevo las gafas porque las necesito para vivir. Si no las llevara, necesitaría un jodido bastón y, créeme, si tuviera un bastón, a estas alturas de la conversación ya te lo habría metido por la garganta hasta tocar fondo.
Prosiguiendo con su disertación trascendental, me hizo la pregunta del año para demostrar su nivel de conocimiento del medio claramente superior al mío: Vamos a ver, ¿Tú sabes quien toca aquí mañana? Yo, muy educado, como siempre, le contesté que o bien se refería al concierto de su puta madre, o bien al de Jello Biafra. Se quedó un tanto consternado al ver que un bobo gafapasta estuviera enterado de la agenda alternativa de los bajos fondos. Así que, como aún no había demostrado su superioridad manifiesta sobre mí, me dio una lección magistral sobre cómo colarme en el concierto: Lo que tienes que hacer es ponerte un pantalón de cuadros con cremalleras y pasar por allí como si no conocieras a nadie. Yo ya me traje el pantalón en la mochila. Pues nada machote, suerte con tu técnica.
Me gustaría decir que la conversación acabó ahí porque, dándole una palmada en la espalda, me giré y me centré en mi consumición y en la conversación con Alex, pero faltaría a la verdad. Jamás, ni por todo el oro del mundo, tocaría con mi mano la espalda de ese fulano y, si lo hiciera, tendría que lavármela con lejía urgentemente o bien darla por perdida.
Pero la realidad es otra. La conversación acabó por que un chico de más o menos mi edad se acercó, en compañía de una chica que tenía aspecto de estar preguntándose qué hacía allí, a hablar con mi simpático contertulio, a aprender del genio, a empaparse de la cultura y el saber de la vida del maestro Miyagi. Así pues, tuve que abandonar tan amena conversación por culpa de aquel chico, cuya cazadora rezaba en la espalda La única batalla perdida es la batalla abandonada, frase que resume perfectamente su relación con la E.S.O.
Pero la realidad es otra. La conversación acabó por que un chico de más o menos mi edad se acercó, en compañía de una chica que tenía aspecto de estar preguntándose qué hacía allí, a hablar con mi simpático contertulio, a aprender del genio, a empaparse de la cultura y el saber de la vida del maestro Miyagi. Así pues, tuve que abandonar tan amena conversación por culpa de aquel chico, cuya cazadora rezaba en la espalda La única batalla perdida es la batalla abandonada, frase que resume perfectamente su relación con la E.S.O.
2 comentarios:
Le felicito,maestre Berto,por su exquisito reportaje a fuer de crítica. Admito haberme carcajeado en no menos de dos ocasiones no consecutivas.
Me halaga usted y me congratulan sus carcajadas.
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