Es la imagen de un hombre abatido. Está
sentado en un banco de una calle cualquiera de Pontevedra con la
mirada perdida, la vista clavada en algún punto del pasado. Suspira
profundamente. Ella pasa por delante de él y se sienta en el otro
extremo del banco, dejando cierta distancia entre ellos. No se
saludan. Aunque se conocen perfectamente, los dos mantienen la vista
al frente, como si no quisieran que los vieran hablando, como en una
película de espías. Él es el primero en romper el silencio.
—¿Sabes lo que se siente? Ser
declarado persona non grata en tu propia ciudad... ¿Puedes
siquiera imaginar cómo duele?
No, no puede. Ella es la ama y señora
de su ciudad.
—Creía que eras de Santiago...
La mira de reojo, molesto. Vuelve la
vista al frente. Ella se arma de paciencia.
—No es momento para deprimirse.
¿Crees que yo me desanimé mientras me disparaban en aquel hotel de
Bombay? ¿Mientras corría descalza sobre charcos de sangre y
cristales rotos? ¿Mientras las balas me silbaban en los oídos?
—Coño, Espe, ya no sabes qué excusa
usar para contar esa historia.
Espe se ríe.
Espe se ríe.
—Bueno... Tampoco perdí la calma en
ningún momento cuando el helicóptero en el que viajaba se
precipitaba al vacío...
Él la interrumpe con una mirada
furibunda.
—Es verdad, tú también estabas.
Pues no sé qué decirte... ¿Te he contado ya aquella vez en la que
atropellé a un policía y luego me di a la fuga? ¡Cómo nos reímos!
Él la mira con desaprobación. Ella le
pone una mano en la pierna.
—Ánimo, Mariano —dice mientras se
levanta y se va—. A la novena va la vencida.
A solas con sus pensamientos, Mariano
suspira de nuevo. Se pregunta por qué no acaba de quererle un país
al que él tanto ama y por el que tanto ha hecho; por qué no
terminan de dejarse seducir todos los españoles por su magnífico
partido. ¿Será porque carece del carisma y la presencia propias de
un líder natural? ¿O será por el paro, la corrupción, las
tarjetas black, las mordazas, los desahucios, los rescates, los
recortes, la financiación ilegal, el abaratamiento del despido o las
frases carentes de sentido? La primera opción es imposible, se dice
a sí mismo. No hay más que verme, qué planta, qué talante... Las
señoras me adoran. ¿Y la segunda? La segunda ya tal.
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