3/8/16

España, 2020

Es la imagen de un hombre abatido. Está sentado en un banco de una calle cualquiera de Pontevedra con la mirada perdida, la vista clavada en algún punto del pasado. Suspira profundamente. Ella pasa por delante de él y se sienta en el otro extremo del banco, dejando cierta distancia entre ellos. No se saludan. Aunque se conocen perfectamente, los dos mantienen la vista al frente, como si no quisieran que los vieran hablando, como en una película de espías. Él es el primero en romper el silencio.

—¿Sabes lo que se siente? Ser declarado persona non grata en tu propia ciudad... ¿Puedes siquiera imaginar cómo duele?

No, no puede. Ella es la ama y señora de su ciudad.

—Creía que eras de Santiago...

La mira de reojo, molesto. Vuelve la vista al frente. Ella se arma de paciencia.

—No es momento para deprimirse. ¿Crees que yo me desanimé mientras me disparaban en aquel hotel de Bombay? ¿Mientras corría descalza sobre charcos de sangre y cristales rotos? ¿Mientras las balas me silbaban en los oídos?

—Coño, Espe, ya no sabes qué excusa usar para contar esa historia.

Espe se ríe.

—Bueno... Tampoco perdí la calma en ningún momento cuando el helicóptero en el que viajaba se precipitaba al vacío...

Él la interrumpe con una mirada furibunda.

—Es verdad, tú también estabas. Pues no sé qué decirte... ¿Te he contado ya aquella vez en la que atropellé a un policía y luego me di a la fuga? ¡Cómo nos reímos!

Él la mira con desaprobación. Ella le pone una mano en la pierna.

—Ánimo, Mariano —dice mientras se levanta y se va—. A la novena va la vencida.

A solas con sus pensamientos, Mariano suspira de nuevo. Se pregunta por qué no acaba de quererle un país al que él tanto ama y por el que tanto ha hecho; por qué no terminan de dejarse seducir todos los españoles por su magnífico partido. ¿Será porque carece del carisma y la presencia propias de un líder natural? ¿O será por el paro, la corrupción, las tarjetas black, las mordazas, los desahucios, los rescates, los recortes, la financiación ilegal, el abaratamiento del despido o las frases carentes de sentido? La primera opción es imposible, se dice a sí mismo. No hay más que verme, qué planta, qué talante... Las señoras me adoran. ¿Y la segunda? La segunda ya tal.

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